Maldita realidad

Sólo quizá...

Por Leonel Puente Colin - 26 de Septiembre, 2014, 12:50, Categoría: Maldita realidad

Quizá, y sólo quizá, las piezas en movimiento son más bellas que las que se quedan estáticas y firmes, resistiendo... cuestión de enfoques. Quizá sí, quizá son más bellas las piezas en movimiento, puede que incluso se vuelvan indomables. Y ahora que estoy a punto de cumplir 45 años y que seré abuelo en unas semanas, no me queda otro camino, ya sin alcohol y sin tabaco, que la batalla directa contra todos mis terribles fantasmas.

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Monólogo del encarcelado

Por Alejo Morales Parra - 2 de Julio, 2008, 20:07, Categoría: Maldita realidad


Por Alejo Morales Parra

No sé, bien a bien, por qué estoy aquí. Los agentes llegaron aquella noche a mi domicilio y entre golpes y empujones arrearon conmigo. Otros dos, vecinos míos, también fueron metidos en la camioneta, entre una cadena interminable de mentadas de madre y amenazas. Me dio miedo, sí. Nunca lo había sentido de esa manera. No es igual ver un perro, por bravo que sea, venir hacia nosotros con toda su furia, donde parece que no se tiene escapatoria. No, no es igual. No. Es un miedo... de a de veras. Será tal vez porque sabe uno que no se puede correr a parte alguna, que no hay salida viable, que se está a merced del capricho de cuantos están en el poder judicial; lo mismo del maldito que nos pasa por enfrente y sonríe burlón, que del carcelero cuerpo de ropero de mirada inmensamente indiferente. Es como si los que estuviéramos aquí no tuviéramos valor alguno, ni como estorbos. Es parecido a dejar de existir; parecido, nada más, porque nuestra presencia los irrita y en cualquier momento puede generarles una reacción inesperada que se convierte en  un puñetazo en el estómago, un grito de ¡ya te cargó la chingada!, o una especie de consejo, que deja entrever que apenas se está en el principio de un camino largo, siniestro, que no se sabe dónde llegará.

« ¿Para qué escribes sobre todo esto? », preguntó Ernesto, en uno de tantos días donde la angustia y la desesperación rompieron mi templanza. « No tiene sentido. No van a desaparecer las cárceles, ni las detenciones arbitrarias. Ahora mismo deben estar llegando otros como nosotros. Cuando reciben sus órdenes, ellos van por los chivitos. Luego nada más los meten aquí y las estadísticas crecen. ¡Vayas creyendo que vas a cambiar algo! »

No entiende. Ernesto no entiende que el solo hecho de garrapatear el papel es terapéutico para mí. Me ayuda a reafirmar en mi conciencia que soy inocente o que, al menos, lo era al llegar aquí.

Me golpearon, sí; me intimidaron también. Durante los interrogatorios, la manera aplastante en que me señalaron, como delincuente, como asesino, llegó a extremos tales, que en mi mente cansada y abatida, se recreaba el purgatorio. ¡Todos eran diablos desgajando mi integridad! En coro infernal, afirmaron mi saña, describieron un cadáver, trazaron un escenario desordenado y sangriento, donde yo, protagonista maldito, tomé la vida de aquel hombre. ¡Puros infundios! ¡Perversos! ¡Rompieron mi vida!

Lloro, sí; ¿cómo no hacerlo? Son lágrimas de impotencia las mías, como las de tantos más. Rabia pura contenida. La indefensión es la peor de las infamias y ellos dejan a cualquiera disminuido al extremo, como animal de sacrificio. Luego, afilan sus largos cuchillos y en un festín de sadismo, desangran y destazan, hasta que no queda nada del individuo… sólo jirones. Lloro porque ya no puedo ver nada más que un tiempo muerto para mí. Sólo existe la esperanza -¿esperanza?- de caminar de nuevo por las calles en la vejez. A veces se hace chiquita, cuando mi salud se quebranta; en ese momento creo que moriré aquí. ¡Falta tanto tiempo para que salga!

« ¡Usté fue! No diga que no. No lo niegue. No mienta. No se retracte. No se desdiga. No discuta. No retobe. No amenace. No injurie. No blasfeme. ¡Usté lo mató! No contradiga. No grite. No balbucee. No gima. No chille. No llore. No se retuerza. No se quite. No se proteja. No junte los brazos. No se duela. No sienta. No deje de sentir. No se caiga. No se desmaye. ¡Lo asesinó sin piedad! No se levante. No haga buches. No se ahogue. No vomite. No se convulsione. No se caliente. No se enfebrezca. No se agobie. No se debilite. No se tambalee. No pierda el sentido otra vez. ¡Su saña no tuvo límites! No se eche pa" atrás. No se queme. No se marque. No se estrelle contra la pared. No se entuma. No se muera. ¡Lo descuartizó como a un puerco! No se haga como hilacho. No se bambolee. No se raje. No se quiebre. No se desmadre. ¡Usté se lo chingó con premeditación, alevosía y ventaja! ¡Llévense a este asesino! Ya confesará. »

Todo es para mí una pesadilla recurrente. Los recuerdos y el miedo me alejaron del sueño, no puedo dormir. Al tiempo, me bautizaron como el Zombi. Soy el hombre de las pupilas idas; el Quietecito, el Filoso.

Trabajo en la carpintería haciendo lámparas, cuadros con la Virgen de Guadalupe, repisas, charolas y, a veces, juegos de ajedrez… pero los pagan muy baratos, demasiado, y aquí se necesita mucho el dinero. No es lo mismo estar en este pabellón que en el de La Jauría, y estar aquí cuesta, como cuestan los cigarros, la sombra del patio, las cocacolas y el que dejen pasar las mercancías que traen los familiares. No pagas, no te llegan, alguien las requisa en el camino. ¿Quieres tener radio?, cuesta. ¿Quieres tener una televisión chiquita?, cuesta. ¿Quieres que en las inspecciones no se lleven las pocas porquerías que tienes?, cuesta. Todo cuesta. Hay cosas que no se pueden evitar, pero de eso no quiero hablar… Se pierde hasta el último gramo de dignidad, y el hombre más hombre queda con un rencor clavado para toda la vida, a no ser que equilibre las cosas, arrancándole la vida a su agresor.

Aquí, aunque se llegue inocente, va uno acumulando delitos y condenas. Los años por cumplir se multiplican y, como autojustificación, uno empieza a creer  que todas las barbaridades cometidas contra otros, finalmente valieron la pena.

Soy un hombre triste, de recuerdos demasiado lejanos que se han ido borrando; hombre que se ha vuelto cruel e insensible a punta de tanta iniquidad. Soy un sobreviviente dentro de los sobrevivientes. Ojalá que Dios me demuestre que sí existe y, aunque tenga 68 años al salir, mis piernas puedan recorrer todavía, muchas, muchas calles.

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