Contando cuentos

El regreso

Por Juan Cervera Sanchís - 11 de Marzo, 2012, 21:03, Categoría: Contando cuentos

Nunca lo olvidaré. Fue la peor semana de mi vida. Ella, al llegar yo cada tarde, me estaba esperando para otorgarme sus mejores caricias.

Era tan dulce y suave. Jamás me contradecía. Parecía adivinar cuanto yo deseaba. Sin darme tiempo a que me pusiera el pijama, ya me tenía a la mano una taza de humeante café y una copa de brandy.

Sí, sí, Laura era única y yo la amaba con toda mi vida. Era el hombre más feliz del mundo a su lado.

Lo inexplicaba, sin embargo, aquella tarde me estranguló el corazón. Al llegar a casa, Laura no estaba esperándome, como ya era una dichosa costumbre, sin haberme dado una explicación previa.

Me sentí confundido y acongojado.

¿Dónde podría haber ido sin avisarme por anticipado? Ella me tenía al tanto de todo lo que hacía e iba a hacer.

Entre nosotros no había, eso creía yo, el más mínimo secreto.

Caminé de un lado a otro, cada vez más nervioso, por la sala de la casa, y busqué por todas partes algún indicio que pudiera darme una pista de su ausencia.

Pasaron los minutos. Pasaron las horas. La noche se hizo interminable para mí. Llamé a los amigos. Notificamos su extravío a la policía. Amaneció.

Sentí que me volvía completamente loco. Imaginé lo peor de lo peor. Violación. Asesinato. Muerte. Me derrumbé. Lloré desesperado.

Y así transcurrió una semana. ¡Cómo pude resistir tanto y tanto dolor! Una angustia infinita se apoderó de mí.

Por fin alguien se compadeció de mi tragedia. Supe la verdad. Fue aún más terrible que todas las atrocidades que yo había imaginado.

-¡No, no era posible!, gritaba para mí. ¿Por qué? ¿Por qué?

La portera del edificio, que nos hacía también la limpieza de nuestro departamento, con su sabiduría propia de los nativos de Oaxaca, se atrevió a decirme en un arranque de sinceridad:

-Señor, Raimundo, recuerde usted que el cornudo es el último que se entera.

Llevaba razón la portera, pero me dieron ganas de patearla. Me contuve y de nuevo a solas me volví a preguntar:

-¿Por qué? ¿Por qué? Ella parecía tan feliz a mi lado. ¡Qué misteriosas son las mujeres¡ ¡Qué incomprensibles! Tal pareciera que ni ellas mismas se entienden. Verdaderamente yo hubiera jurado que ella me amaba tanto como yo a ella. Descubrir que no era así… Cuanto mejor hubiera sido lo que imaginé, hallar su cadáver no me hubiera dolido tanto.

La verdad es la verdad y no tiene vuelta de hoja. Laura estaba viva. Quién sabe dónde. Pero estaba viva y entregando su cálido y bello cuerpo al vulgar ayudante de la carnicería del barrio, quien obviamente también había desaparecido.

Traté de olvidar la canallada que me había hecho e intenté rehacer mi vida, lo que no fue fácil después de aquella cruel semana con sus negras noches y con sus no menos negros días.

Me dolía por sobre todo que me hubiera abandonado por un don nadie. Incomprensible,

Transcurrió un año. Yo seguía viviendo solo. Me sentía por completo nulificado para establecer una relación con otra mujer.

En el fondo de mi corazón seguía amando a Laura y añorándola.

Todo el tiempo, enfermizamente, me la pasaba pensando en ella. Casi todas las noches la soñaba.

Una tarde, al retornar a casa, hastiado y cansado, ella, sorpresa de sorpresas, como si nada hubiera sucedido, como si el tiempo no hubiera pasado, está allí, esperándome.

En la mesa humeaba una taza de café junto a una copa de brandy.

-Amor mío –me dijo. Y añadió:

He descubierto que no puedo vivir sin ti.

¿Cinismo o sinceridad? Yo estaba anonadado. No podía creerlo.

En mi cabeza se entrecruzaban los pensamientos más antagónicos, por un lado quería estrangularla con mis propias manos, por el otro…

Sinceramente estaba confundido.

-¿Qué clase de mujer era Laura? ¿Estaba acaso loca? Su osadía traspasaba todos los límites conocidos.

Sentí su fiera y bella proximidad. No fui capaz de rechazarla. Su abrasadora vibración de hembra seguía ejerciendo sobre mí un hipnótico poder cósmico, algo que iba más allá de mi humana resistencia.

Laura susurró a mi oído:

-Te juro, Raimundo, que tú eres el único hombre al que yo puedo amar. Antes no lo sabía, pero ahora sí lo sé y ya jamás nunca lo volveré a poner en duda.

Yo estaba atónico. No sabía bien a bien qué responderle, qué hacer o qué no hacer, máxime cuando ella, según saltaba a la vista, traía dentro de sí la huella, bien crecida, de su ausencia.

Sentí que aquella redondez de su vientre la hacía aún más atractiva.

Sí, sí, no supe qué hacer. Tampoco supe qué decir. De hecho sigo sin saber qué hacer y, a estas alturas de mi feliz vida familiar, soy padre de un niño de cinco años y de una niña de dos y, en mitad de mis dudas, sí creo estar seguro de algo en relación con la procedencia con mi precioso hijo, aunque en relación con el origen de mi bella y tierna hija no sabría qué decir, que puede que sea, al fin de cuentas, lo mejor, ya que estoy convencido que la felicidad no es posible sino va unida a la ignorancia total.

Lo importante pues para mí es que Laura regresó y, aunque pueda parecer mentira, la verdad es que, cada tarde, cuando yo llego a casa me espera con una taza de café humeante y una copa de brandy sobre la mesa y dispuesta a regalarme sus más dulces y suaves caricias.

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El clásico

Por Constantino Pol Letier - 4 de Diciembre, 2011, 18:16, Categoría: Contando cuentos

Más de siete mil libros empolvados en los largos entrepaños empolvados, una mesa con el espíritu del roble, una lamparilla de luz muy ténue, un cuaderno y una taza de cafè cargado.

En el basurero están arrugadas y rotas con ira, cientos y cientos de cuartillas.

-Es lo mismo, y mail dicho. Es basura-. Las manos del anciano tiemblan, luego busca una silla.

-Maestro, ¿le ayudo?- dice el jóven, vuelto congoja, al anciando tan querido.

-No, estoy bien.

-Está triste, y lo que está en el cesto... es el trabajo de toda su vida.

-Toda esa basura me tenía atado e inquieto. Me estoy reponiendo. 

El anciano se sentó, tomó cuaderno y pluma con mano decidida. Acercó la lamparilla y sonriendo, con una luz intensamente serena en los ojos, se puso a escribir con satisfacción profunda.

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Veinte siglos después todavía se leían y estudiaban las palabras del viejo maestro. Se copiaba y traducía una vez más, para el mundo, el contenido de aquél antiguo escrito.

* Nuestros lectores nos interesan, escríbenos al correo mundochobojos@hotmail.com

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Esquizofrenia real

Por Rodrigo Alonso Marroquín Posada - 16 de Agosto, 2008, 23:30, Categoría: Contando cuentos


Imagen tomada d http://mondomedico.wordpress.com

Por Rodrigo Alonso Marroquín Posada

Nuestra historia comienza en una casita en una de las mejores ciudades a nivel mundial de nombre Utopos. Un lugar que se encuentra donde nunca pasa nada.

En esa casa vivía yo, un buen empleado, con una buena familia, con una vida rutinaria.

Bob, ese era mi nombre.

A pesar de todos mis logros no tengo nada de que enorgullecerme porque ya estoy muerto.

¿Te preguntas por qué?, ¿quieres saber? ¿Por qué quieres saber y, más difícil, para qué? Aunque no me contestes, te lo diré.

Como cualquier persona en Utopos tenía un trabajo que me sostenía a mí y a mi familia. Tal vez no era el que quería, pero era el que me mantenía vivo (o eso creían todos) antes de que las cosas sucedieran.

Un martes 13 de diciembre, desperté y me di cuenta de que lo que había hecho en mi vida no se acercaba a lo que en realidad quería. Mi familia era insípida, el trabajo indeseable… la casa representaba lo que odiaba y el monstruo de la rutina me había consumido. Todo me recordaba que mi vida era miserable.

Al siguiente día fui con mi psicólogo y me indujo a crear a Scrush, que era yo si hubiera hecho todo lo que algún día quise. A partir de ese momento, junto a mí, mi creación se veía como yo, pero mejor, mucho mejor. Desde ese día, Scrush siempre hacía lo que él, es decir yo, quería; pero no siempre era bueno; a veces era malo, demasiado malo.

El 17 de enero mi esposa estalló en llanto, porque pensó que se me había olvidado nuestro aniversario. Realmente nunca lo olvidé. Me acerqué a ella y le di un golpe tan fuerte que me rompí los nudillos de dos dedos. Ella me miró de una manera diferente. ¡Me sentí tan bien!

La situación familiar se tornó densa y difícil, pero no me importaba.

Todo era genial, hasta que el 13 de abril noté que Scrush tomó agua real, de un vaso real. Nunca había pasado eso. Lo había visto hacer actos semejantes pero con objetos inexistentes. ¿Cómo lo hizo?, nunca me lo dijo, pero parecía disfrutar cada vez que hacía cosas como esa. En realidad para mí no era importante; nunca le di prioridad; ya hasta se me hacía normal.

Todo cambió el día que entró a mi casa como alguien real y se presentó como yo ante mi familia. Nadie entendió, incluyéndome, pero a partir de ese suceso vivió en mi casa día tras día. Nunca se iba. ¿Por qué?

Todo está mal. Scrush parece agradarle a mi familia más que yo, pero es imposible,  él no existe, no existe. ¡Ja, ja, ja, ja…!

¡Me harté! Iré con mi psicólogo el miércoles 14 de septiembre y acabaré con esto. Sí, eso es lo que haré.

Durante mi sesión me dijo que todo era una ilusión. Al parecer padecía de esquizofrenia. ¿Cómo puede ser tan ciego? Todos lo ven excepto él. Scrush estaba junto a nosotros gritándole que al salir de su trabajo moriría, y así fue. Yo intenté prevenirlo de lo que iba a pasar, pero al sentirse amenazado, optó por echarme del consultorio.

Conforme pasaba el tiempo observé que mi familia y allegados me notaban menos, me prestaban menos atención y la centraban en Scrush. Yo pensaba: él es nuevo, es diferente; se les pasará.

Conforme el tiempo pasaba más se les olvidaba que existía, hasta parecía que era invisible. ¿No me veían? ¿Qué sucede? ¿Soy real?

Me di cuenta de algo muy interesente, ¿Cómo puedo confirmar que algo es real? No importa lo que se haga, siempre se puede demostrar lo contrario. ¿Hay algo real?

¿Y, si yo soy Scrush, y mi creador está tan perturbado que me hizo igual, perturbado? ¡No! ¡Yo lo cree, y yo puedo destruirlo!

Llegué a mi casa, hablé con mi esposa. Parecía ignorarme y de alguna forma era así. Yo no existo. ¿Como pudo ser? Estoy confundido.

Llevo dos días llorando en una esquina y nadie me ve, excepto Scrush, ese maldito. Se robó todo y no sólo eso. Cuando me ve se mofa de mí, se burla del aburrido y fracasado Bob. Puedo solucionarlo: me acercaré a él y lo asesinaré. Si le di vida, le daré muerte.

Ese día 14 de diciembre (justo un año antes había creado a Scrush), me acerqué a mi cama y lo vi recostado con mi esposa. ¡Qué lindos se ven abrazados, después de haber convivido amorosamente! ¡La escena es casi arte! Me conmoví tanto que hasta pensé en morir cuando él me olvidara. ¡Reaccioné! Lo apuñale 15 veces en la espalda. Al fin y al cabo no es delito matar a alguien que no existe.

15 de diciembre. Bob, Scrush… Morí de 15 puñaladas en la espalda; amanecí en una cama empapada de sangre, con la bella melodía de los gritos de mi esposa provocados por mi cuerpo sin vida.

¿Qué fue de todo esto?

Sencillo: acusaron a mi esposa y la encerraron por causa de asesinato probable o algo así. Para su futuro sólo hay rejas y demencia.

A mis dos hijos los adoptó una familia que con el tiempo los convertiría en vagos y malvivientes.

En fin esta es mi historia y…  tú, ¿eres real? Yo creo que no,  porque esta ciudad es Utopos, un lugar que se encuentra donde nunca pasa nada.

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El bailarín

Por Juan Cervera Sanchís - 14 de Agosto, 2008, 0:01, Categoría: Contando cuentos

Por Juan Cervera Sanchís


Nunca había hecho otra cosa. No sabía hacer otra cosa. Toda su vida la había consagrado a la danza. Danzar era vivir. Dejar de danzar, morir. Desde aquel día… Pedro Martín acariciaba el olvido. Su lecho de convaleciente se le hacía enorme.

Pensaba en su esposa, también bailarina. Ella sí podía seguir bailando. Ella tuvo suerte en aquel brutal accidente donde él perdió, sin perderla, toda su vida. ¿Qué podía esperarle a un hombre como él sin sus dos piernas? Ella trató una y otra vez de consolarlo:

"Pedro, lo importante es que sigues vivo, que yo te amo" ¿Hasta cuándo ella podría seguir amándolo? Sí, ella, más que amarlo lo admiraba. El había sido su maestro insuperable. Desde ahora…

Los días se iban presurosos. ¡Qué cruel es a veces la prisa! Sábado por la tarde. Pedro sabía que el lunes por la mañana tendría que dejar el hospital. Ella saldría en gira de trabajo el martes. L vida es la vida. Se quedaría solo en aquella ciudad, en su desolado departamento al cuidado de gente extraña. Miró la silla de ruedas. Lo odió todo. "Tenía derecho a odiarlo todo", pensó.

Ella estaba allí. Llegó pisando suave, grácil: "Pedro, Pedro, el lunes estarás en casa. Tienes que seguir adelante. Hazlo por mí." Pedro no pudo contenerse. Casi gritó: "¡Calla!" Ella guardó silencio como un ave asustada. Por sus grandes ojos negros resbalaron dos lagrimones. "¡Déjame solo, por favor!" Sin más palabras ella salió de la habitación. Pedro era otro hombre. Pedro ya no era aquel Pedro alado y risueño que parecía poderlo todo.

El lunes por la mañana, en el cementerio, ella lloraba y todos lloraban. Sin embargo, ella no pudo evitar ver de una manera extraña al bailarín joven. Se avergonzó se sí misma.

Alguien –cruel es el mundo real– pensaba sin avergonzarse: "No porque un ave pierda las alas el resto de las aves dejarán de volar"

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La culpa es de la luna

Por Alonso Marroquín Ibarra - 24 de Junio, 2008, 4:15, Categoría: Contando cuentos

Por Alonso Marroquín Ibarra

Tenía hambre de todo, pero la que lo atormentaba en ese momento sólo se mitigaba con alimento. Era la peor pesadilla. Se sentía capaz de incrustarse en algunas de tantas revoluciones armadas con tal de mitigarla. ¿Acaso no había sido así la historia? Pocos ricos, muchos pobres, hasta que llegaban a convertirse en hambrientos, y alcanzada esa condición siempre eran capaces de todo, hasta de triturar la cultura y la religión, no sin antes arrasar por completo con lo que reflejara a los poderosos. No recordó bien las escalas usadas para calificarlos: pobres, más pobres, desposeídos, los que menos tenían, marginados, olvidados, miserables, revoltosos, oscurantistas, monstruos… No recordaba tampoco o nunca supo, cuál era la diferencia entre toda esa palabrería. Lo que era seguro en ese momento es que sus tripas estaban a todo vuelo, comiéndose las unas a las otras, y tenía que hacer algo, lo que fuera, para calmarlas.

Tres días merodeando por la hacienda no habían sido suficientes para abastecerse. La guardia era permanente y bien calificada. No había un hueco por el cual colarse y jamás le hubieran permitido la entrada; los únicos pases eran para la gente del mundo de la abundancia. Siguió esperando, revestido de una paciencia mayor que los ardores de estómago. Siempre era así, su necesidad se convertía en fe, sabía que la provisión llegaría, aunque tuviera que realizarse un milagro.

Dejó de moverse, entró en la calma de la noche y se mimetizó una vez más con sus sombras. La luna esplendente parecía una señora jactanciosa más que inspiradora de amores. Insultaba y denunciaba con sus rayos a todo lo que se movía.

Es una doble cara, pensó; alumbra el camino pero chilla a gritos para que cualquier idiota se asome y me descubra. Pide desde hace siglos pleitesía, pero su soberbia superlativa me hace odiarla cada vez más. No conoce la piedad, es fría.

Entretejida a sus rencores, el hambre seguía abriendo huecos y la creciente ansiedad le regalaba alucinaciones al por mayor. De pronto sus músculos se tensaron, instinto puro de cazador, cuando por el camino que daba a la entrada grande apareció caminando una mujer seguida de tres hombres, todos de recia figura.

No pensó más. La vio y la fijó en su cerebro. Atacó a los acompañantes con una furia desconocida para el mismo. Fuerzas de todos los tiempos se acumularon en su brazo y no hubo esfuerzo útil que hicieran los guardas para defensa de la dama. En un relámpago de tiempo quedaron muertos. Tal fue la dimensión del ataque.

La mujer corrió, pero sus pasos fueron inútiles. Fue alcanzada y el peso de su agresor la hizo caer, quedando reducida e indefensa. Se desvaneció.

Traspasando el instinto, el hombre se hizo conciente de su hambre, sus ansías y deseos. Alzó los brazos con furia y los bajó con todas sus fuerza sobre el cuerpo desfallecido de la mujer. Lleno de desesperación y necesidad, con los ojos como ascuas, gritó con todas sus fuerzas.

¡Esta maldita licantropía!

Llegó muy lejos el sonido de un prolongado aullido.

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El monje furioso - Cuento chino

Por Alonso Marroquín Ibarra - 19 de Junio, 2008, 1:30, Categoría: Contando cuentos

Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo.

Así que un monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla.

El otro monje estaba furioso. No dijo nada pero hervía por dentro. Eso estaba prohibido. Un monje budista no debía tocar una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

Recorrieron varias leguas. Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo:

–Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de esto. Está prohibido.

–¿De que estás hablando? ¿Qué está prohibido? –le dijo el otro.

–¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros –dijo el que estaba enojado.

El otro monje se rió y luego dijo:

–Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando...

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