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La poesía religiosa en México

Por Juan Cervera Sanchís - 25 de Abril, 2010, 10:50, Categoría: Artículos


Por Juan Cervera Sanchís

 

La poesía religiosa en México cuenta con una rica tradición y notabilísimos cultivadores.

 

Para empezar es preciso recordar que el mejor soneto místico que se ha escrito en la lengua de Santa Teresa fue, precisamente, escrito en México. ¿Cómo olvidar a Miguel de Guevara y su

 

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido

ni me mueve el infiero tan temido

para dejar, por eso, de ofenderte.

 

A más de éste recordamos del mismo autor aquellos otros dos sonetos que principian diciendo: "Levántame, Señor, que estoy caído" y "Pensar al hijo en cruz, abierto el seno..."

 

Hay una gran poesía mística mexicana. Pensamos en Diego José Abad quien cantara "la beldad de Dios", dado que Dios es suprema belleza.

 

Del siglo XVII tenemos presente a Diego de Belén aquel varón que "en morir enamorado ardía" y que gustaba de vigilar "la belleza del ocaso" desde su balcón.

 

Inolvidables poetas místicos fueron José Antonio Plancarte (siglo XVIII), cantor del sol él y de los querubines; Juan de Palafox y Mendoza tan encelado con el Amor Divino; Josefina Pérez de García Torres, quien en el siglo XIX exclama y aclama la existencia de Dios desde su "tierna barcarola".

 

Harto desconocida, para los lectores de hoy, es esta hermosa y profunda poesía mística y religiosa escrita en México.

 

¿Quiénes conocen o leen, entre nosotros, a Juan Carlos de Apello Corbulacho, que viviera a finales del siglo XVIII? Fue originalísimo poeta, cantor de la "pureza indemne de Moab". Envidiable erudito él y varón de elevado pensamiento.

 

Pienso también en Antonio Delgado y Buenrostro, el autor del soneto del "triunfo parténico", que lleva este singular epígrafe: "Delos, por patria de Apolo, no se tiñe con mancha impura; y María, por Madre del Divino Sol, no se escurece con la mancha primera".

 

Así se escribía en México en el siglo XVII. La poesía religiosa, empero, pervive y alienta por encima del tiempo.

 

Ahí están los sonetos a "La Visitación", de Marcos Aguayo Durán, un poeta de hoy, nacido en 1937, quien escribe versos como estos:

 

Tu voz se levantó como el perfume

de los huertos de oriente en primavera.

 

Y volviendo a los poetas de ayer se nos vienen a la memoria aquellos versos de Salvador Díaz Mirón que dicen:

 

Mas no esperéis la eternidad. El lodo

se disuelve en la onda que lo crea;

Dios y la idea, por distinto modo,

pueden sólo flotar en la marea

del objeto del ser. Dios sobre todo,

y sobre todo lo demás, la idea.

 

Díaz Mirón, a su modo, juega con la mística poética y filosófica sobrecogido y estremecido por el vivo roce del misterio, presente siempre en la interrogación y en la oración.

 

Pero volvamos a la tradición poética-religiosa con Alfonso Junco:

 

¡Dulce Jesús, en tus piedades quieras

que al menos coma y beba anonadado

la Vida con que pagas mis azotes.

 

Experimentemos el sentimiento de la modernidad mística del ahoguío con Miguel N. Lira:

 

Gracias también, Señor, porque te siento

cuando me falta el aire, y ya muriendo,

me devuelvas la vida con tu aliento.

 

Noches de insomnio en las que falta la respiración, muy de hoy, estas noches de Lira, poeta que muriera el año de 1961.

 

El siglo XX fue muy rico en poesía religiosa en México. Ahí están las voces de Emma Godoy, quien cantara:

 

Cuando rompas el cántaro en la fuente,

caeré en tu pozo levantando estrellas.

 

y la de Concha Urquiza, que nos revela aquello de:

 

Como lluvia en el monte desatada

sus saetas bajaron a mi pecho".

 

Y junto con ellas recordamos a Joaquín Antonio Peñalosa, gran poeta. Con un soneto suyo queremos concluir este breve y sentido recorrido por los claustros poéticos del alma mística de México. Dice:

 

Aumentad una losa a mi apellido

para lo que me queda todavía,

falta a los huesos, falta su agonía

hasta que se acostumbre a este nido.

Aquí estoy, mis amigos, soy lo sido,

niño otra vez, discípulo del día,

mudo y desnudo en cuna la más mía

y de la muerte soy recién nacido.

Por lo que tengo de alas y querellas

dejadme en la esperanza que me asiste,

he de abrir a la jaula una ventana.

Resuelto en polvo ya, pero de estrellas,

Joaquín Antonio, ayer apenas fuiste

lo que hoy es cruz en tierra mejicana".

 

Quieran los hados y los dados de la caprichosa buena suerte que, las nuevas generaciones de este todavía tan niño siglo XXI, redescubran nuestra poesía religiosa, bellamente intemporal, y no falten novísimos cultivadores de la misma entre nosotros.

 

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Gonzalo Curiel

Por Juan Cervera Sanchís - 29 de Octubre, 2008, 22:00, Categoría: Artículos

Por Juan Cervera Sanchís

 

Entre los grandes maestros de la música popular en México, Gonzalo Curiel Barba, hijo de Juan Nepomuceno Curiel y María de Jesús Barba, es un adelantado, musicalmente hablando, de su tiempo, al que, sin duda, se anticipó con cada una de sus geniales obras, como podemos constatar en sus maravillosas armonías y en cada uno de los tonos, y los empleó todos con talento magistral, presentes en sus admirables composiciones.

Gonzalo Curiel, nacido el 10 de enero de 1904 en Guadalajara y muerto el 4 de julio de 1958, a los 54 años de edad y en plenitud creadora, en la Ciudad de México, fue además, como consta en las letras de sus canciones, ya que la mayo­ría de esas letras fueron de su autoría, un sentido y estremecido poeta, lo que, al parecer, se ha pasado por alto.

Nosotros, aquí y ahora, queremos resaltarlo, junto con la multiplicidad de sus muchos otros talentos.

En verdad, Gonzalo Curiel, fue un artista esencial, cuyo impulso vital y fuerza creadora, continúan latiendo, con permanencia indeleble, en su emotivo y bello legado musical.

Podemos afirmar, en nombre del arte y de la vida, que Gonzalo Curiel está vivo, aunque su vida fue una despedida, en sus sentidas y poéticas composiciones.

Sí, Curiel, da la sensación de que en todo momento está diciendo adiós a la vida y al amor.

Fue un artista del amor y de la vida y, en cada una de sus canciones, lo está testimoniando:

"Jamás, jamás / habré de volver". Curiel vivió y compuso sus poemas-canciones entre desgarrados adioses y anhelos de vuelta, y así lo subraya en "Vereda tropical”:

"¿Por qué se fue!, / tú la dejaste ir, vereda tropical, / hazla volver a mí, / quiero besar su boca otra vez junto al mar".

Náufrago de sus emociones, Gonzalo Curiel, alguna vez, en mitad de sus continuas y constantes desventuras y aventuras amorosas, probó y saboreó la miel de la dicha, y, en "Son tus ojos verde mar", lo celebra en flor y luz de canto:

"Naufragué en el verde mar / luminoso de tus ojos / pero al fin pude alcanzar / la playa ardiente de tus labios rojos".

Toda una fiesta del alma y la carne, heridas, de Gonzalo Curiel, el artista, a quien, las más de las veces, el amor le jugó con cartas marcadas y dolientes traiciones, que hicieron añicos sus más altos ideales. Veamos, es decir, cantemos con él:

"!Ay!, eres mala y traicionera / tienes corazón de piedra / porque sabes que me muero / y me dejas que me muera".

El poeta, sollozante y malherido de amor, que vivía, sentía y cantaba, a toda vida y a todo dolor, en el corazón de Gonzalo Curiel, se expresa en esas letras que tan desgarrada y emotivamente lo retratan como al hombre y al artista que fue entre temores y desesperanzas:

"Temor de ser feliz a tu lado / miedo de acostumbrarme a tu calor". Versos que lo perfilan y lo desnudan. Versos:

"¡Cuánta desesperanza! / ¡Qué vacío tan profundo! / Repicar de campanas / en mi tarde mortal".

Y así, Gonzalo Curiel, confiesa: "Incertidumbre es el dolor de amar / incertidumbre es el dolor de amor".

Metáforas amargas, desconsuelo sinfín: "Voy buscando una huella de amor / persiguiendo un perfume de flor / Era mujer y mintió / igual que todas las mujeres... / me dejó. / ¡Qué amargura, Señor!"

Aunque pese a ello, Gonzalo Curiel, nunca perdió la esperanza en el amor ni en la mujer y, mucho menos, en la música y en el verso, y es por eso que afirma:

“... aquel romance se volvió canción".

Es lo espléndido y magnánimo de los amores rotos y de las traiciones: se vuelven acordes y melodías y se transforman en versos y estrofas, pues al fin de cuentas cantar es llorar y llorar es cantar y Curiel apuesta sin lágrimas por la despedida:

"Sin lágrimas será la despedida / sin lágrimas nos diremos adiós".

La vida en sí es una sucesión de adioses y Gonzalo Curiel, soñador sublime, lo sabía, lo vivía y lo dejó impreso en sus hermosas y profundas canciones:

"Soy un soñador que persigue / una inútil promesa / soy forjador de ilusiones / de rara belleza".

Fue pues, Gonzalo Curiel, un enamorado del arte y la belleza, y es lo que se transpira y se sigue transpirando en sus composiciones, como advertimos, en "Luna amiga":

"Ya se va la tarde / ya se muere el sol / ya se fue la vida / de mi corazón".

Su primer éxito fue "He querido olvidarte", canción que interpretó el Doctor Alfonso Ortiz Tirado; continuó con "Dime", estrenada por José Mojica en el Teatro Abreu de la Ciudad de México. En 1936 compuso "Vereda Tropical" canción intemporal, pues ayer como hoy y, sin duda mañana, seguirá cautivando a todos cuantos por primera vez la escuchen. Esta canción, por cierto, se interpreta también en versión alemana, inglesa, francesa e italiana.

No hay que olvidar que Gonzalo Curiel incursionó en 1948 en el orbe de la música clásica, fruto de ello es su Concierto para piano número 1 en Db, estrenado en un programa estelar de la XEW, radiodifusora en la que debutó su autor como pianista, al frente de su propia orquesta, "El Escuadrón del Ritmo", a los 26 años de edad.

Gonzalo Curiel fue cofundador de la Sociedad de Autores y Compositores de México, sociedad que dirigió en dos ocasiones.

Es autor de tres conciertos para piano y orquesta, de más de 150 canciones, de la música de más de 140 películas, entre ellas ocho estadounidenses y tres francesas.

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Cantar y cantar lo nuestro

Por Alonso Marroquín Ibarra - 18 de Agosto, 2008, 5:15, Categoría: Artículos

Fotografía propiedad de Alonso Marroquín Ibarra

Por Alonso Marroquín Ibarra

Por aquel entonces había integrado yo un grupo, Barricada, que se dedicó a la interpretación y difusión de la música latinoamericana. El nombre del grupo fue la consecuencia de un propósito: defender lo propio ante la invasión desmedida de la música norteamericana.

Nos llenamos el alma de nacionalismo y de pasión por todo lo que nos une en nuestro continente y entonamos las canciones de nuestra América hermana. Nuestro repertorio recogió los viejos y los nuevos compositores, la música tradicional desde el Río Bravo hasta la Patagonia, llenándose las guitarras con todos los rasgueos y compases posibles, juntando charangos, cuatros, bombos legüeros, tiples, quenas, dulzaínas y todo instrumento imaginable que estuvo a nuestro alcance. Las manos faltaban para hacer vibrar las cuerdas y sacarle los ritmos a las percusiones.

El grupo de Los Folkloristas ya había empezado su destacada y encomiable labor y casi como lapas nos pegamos a ellos para aprenderles y cantar... Cantar con todo, desde las tripas; cantar para todos, no sólo en los escenarios de paga. Fuimos a los barrios, a las plazas, a los camiones (autobuses), a los mercados, a las escuelas y cantamos y cantamos y cantamos. Nos integramos con otros iguales, intercambiando experiencias, acabándonos las noches, descatalogando al sueño, y el entusiasmo en vez de menguar, crecía.

Ahí estaba la nueva trova cubana, la música reflexiva de Enrique Ballesté, la guerrera de Gabino Palomares, la poco difundida en México de Atahualpa Yupanqui, el neofolclor chileno. Ahí también, las voces de Violeta Parra, de Soledad Bravo, de Mercedes Sosa, todavía no invadida del todo por su superego, el esencial Víctor Jara y su Canción del Poder Popular, Daniel Viglietti, Facundo Cabral sin sus apegos afrancesados o místicos, Alberto Cortez siempre burgués con su filosofía de vida...

Un verdadero mosaico de riqueza musical, toda nuestra, en la mesa, en las gargantas de todos los que quisieron entonar, en los oídos de los que quisieron escuchar y en la memoria de todos los que participamos.

Música latinoamericana, verdadera vida,
tonos ya de lamentos o de amores perdidos,
lo mismo que de bravos embates contra lo extraño.
o de sentir profundo por ese amor a la tierra.

A desalambrar, a desalambrar...
que la tierra es nuestra, es tuya y de aquél...
Daniel Viglietti

Yo no canto porque sé,
ni porque mi voz sea buena...
Canción popular mexicana

Eso de jugar a la vida
es algo que a veces duele...
Enrique Ballesté

... él volvió, volvió casado,
ella se murió de amor.
José Martí - Oscar Chávez

...muchas cañas hay en Cuba
pero aquí hay cañas también.
Alonso Marroquín Ibarra

Volver a los diecisiete
después de vivir un siglo...
Violeta Parra

...eran los hombres barbados
de la profecía esperada.
Gabino Palomares

...y todos se entretenían
guitarreando hasta el desvelo.
Atahualpa Yupanqui

Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia...
Carlos Puebla

Voy a cerrar por inventario,
retiro del mostrador la mercancía quedada...
Xulio Formoso

Sol redondo y colorado como una rueda de cobre
a diario me estás mirando, a diario me miras pobre...
Canción revolucionaria mexicana

Sapo de la noche, sapo cancionero
que vives soñando junto a tu laguna...
Hugo Chagra

Y cantamos en ciudades grandes, medianas y chicas, en poblados lejanos, allá en los pobres caseríos, en los llanos, en la sierra, en la selva, en la aridez del norte, en todo rancho. Y seguiremos cantando esa música nuestra, vital y liberadora, de tonadas sentidas que se meten muy dentro con su ritmo, llenas de sabor a tierra y a sol, a mañana fresca, impregnadas de sangre india y mestiza, canciones resultantes de conquistas viejas para reconquistarnos a nosotros mismos.

Mientras tenga cuerdas, mi voz
ha de cantar donde pueda
y si requiere una canción,
présteme nomás la madera
que hermanándome con ella
le daré satisfacción.

No pregunte de 'onde soy
que eso no tiene importancia.
Así como vengo, voy,
sin gustarme la jactancia.
Sígame con la guitarra.
De canto es la noche de hoy.

¡Cantar y cantar y cantar lo nuestro, siempre ha valido la pena!

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El origen del Viernes 13

Por Alonso Marroquín Ibarra - 12 de Julio, 2008, 19:30, Categoría: Artículos

Por Leonel Puente

Escrito en los dormitorios de La Pérgola di Roma
Madrugada del viernes 13 julio de 2007

El Viernes 13 de Octubre de 1307, por una confabulación entre Felipe IV (apodado “El Hermoso”) y el papa Clemente V (quien pasara del arzobispado de Burdeos a la silla papal gracias al anterior), fueron apresados todos los caballeros templarios radicados en París, incluyendo a su comandante, el maestre Jacques Molay.

Toda la orden templaria, de las otras latitudes de Francia, fue perseguida, apresada, martirizada y, casi en su totalidad, desaparecida o ejecutada. En otros países ésta organización, religioso–militar, también sufrió la disolución, el despojo y la proscripción, aunque no fue tratada con tanta saña

¿Por qué sucedió todo esto? Por varios motivos, pero principalmente por dos: dinero y poder. Las guerras promovidas por el rey Felipe, a pesar de haber sido en su mayoría exitosas, dejaron los erarios públicos en bancarrota y se necesitaba obtener recursos de donde fuese. Aumentar impuestos y sangrar los bolsillos del pueblo (como ocurre constantemente en el transcurso de la historia de muchas sociedades) no resultó suficiente; fue entonces cuando comenzaron las maquinaciones, entre el gobierno e iglesia, para apoderarse de las riquezas de la  

orden del Temple y, de paso, restarles su poder, pues, ya para esas fechas (albores del siglo XIV), tenían una presencia y una influencia considerables en muchos asuntos importantes dentro de las estructuras económicas, políticas e ideológicas de toda Europa.

Ríos de tinta han corrido para relatar aquellos aciagos acontecimientos y, sin embargo, muchos detalles han quedado en el misterio. Con el paso de los años, de las décadas y de los siglos, la historia de los templarios fue adquiriendo rasgos legendarios y existen numerosas hipótesis que pretenden dilucidar cuál fue su destino final.

Por el momento, lo que aquí nos compete es señalar que, por la crueldad extrema por la que fueron tratados aquellos monjes–soldados (especialmente en París, la tan mentada “ciudad luz”) y por la arbitraria oscuridad de todo el proceso al que fueron sometidos, en la imaginería popular de todo el continente europeo quedó grabado el Viernes 13 como un día nefasto, terrible, siniestro, de “mala suerte”.

Sebastián Pereda, locutor de Radio Ciudadana, aporta que el número 13 no siempre está asociado con la mala suerte. De hecho, en todas las culturas prehispánicas el 13 tiene un sentido positivo y se relaciona con buenos augurios, las buenas cosechas, el buen destino de los nacidos en ese día. La visión americana era una visión diametralmente opuesta a la europea.

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Palabras devaluadas

Por Agustín Garfias - 15 de Junio, 2008, 16:15, Categoría: Artículos

Por Agustín Garfias

Existen palabras que originalmente no tenían el sentido negativo o ambiguo que ahora se les atribuye. Palabras que incluso se asociaban con aspectos benéficos, humanitarios o hasta revolucionarios.

Tomemos, por ejemplo, la palabra "costumbre", es decir, "el uso común". Actualmente tiene connotaciones despectivas, sin embargo, las costumbres de los pueblos constituyen un acervo cultural invaluable e imprescindible, es una especie de cofre del tesoro, que resguarda un cúmulo de experiencias útiles para el bienestar colectivo. Desgraciadamente, nuestra sociedad posmodernista, en su loco afán de estandarización total, desvaloriza y desprecia cualquier cosa que se quiera defender o asociar con conceptos históricos. La palabra costumbre, en vez de ser sinónimo de fuerza, de ley, de cualidad o de carácter; se liga con términos como rutina, aburrimiento, necedad o anacronismo. De aquí sólo hay un paso para considerarla como mercancía de desecho.

Otro ejemplo es la palabra "colesterol". En sí mismo, el colesterol no es malo. De hecho, el cuerpo humano necesita una cierta cantidad de él para realizar sus funciones normales. Su carencia provocaría severos daños en la salud. El problema es que, dada la negligente dieta que hemos adquirido, debido a la innegable transición alimenticia (productos naturales desplazados por la comida rápida, alimentos envasados y transgénicos), todo mundo, al escuchar la palabra colesterol, pareciera que está escuchando una maldición. No hay que espantarse, mejor hay que comer y beber sanamente. Paradójicamente a lo que se cree, muchos de los alimentos nutritivos son más baratos que los productos industrializados. La clave está en que nos hemos vuelto perezosos y comodinos y, en lugar de preparar nosotros mismos nuestros alimentos, preferimos comer cualquier basura procesada. A la larga, la comida chatarra sale mucho más cara porque daña severamente nuestro organismo y la cuenta con el médico, se dispara.

Vayamos ahora con las palabras "sindicato"y "burocracia". Ambas causan escozor y, en ocasiones, incluso repugnancia. Pero no siempre fue así. Los sindicatos, en sus orígenes (fines del siglo XIX), fueron asociaciones excepcionales, ejemplos de valentía cuyo objetivo primordial era obtener derechos laborales; quiénes se unían a ellos, además de revolucionarios, daban muestras de poseer una buena dosis de conciencia social, aunque fueran trabajadores analfabetas. Hoy, en los mejores casos, los sindicatos nada más son mediadores entre el explotado y el explotador. La rebeldía se ha petrificado o tergiversado; ya sólo es un concepto romántico que se maquilla con discursos pomposos, pero que, en realidad, solo recubre a medias un rostro sumamente mancillado. En cuanto a la burocracia, el sociólogo y economista Max Weber, a principios del siglo XX, nos la describe como una organización administrativa inteligente, ordenada en jerarquías de mando, avocada a defender a los empleados de patrones arbitrarios y abusivos. Actualmente es sinónimo de corrupción, ineficiencia, transa, compadrazgo, colusión, "reboñada" (y detengámonos ahí, porque si no, seguiría una lista interminable de aberraciones conductuales y filosóficas).

Veamos ahora la palabra "substancia" (del latín: sustantia). La substancia es la esencia de las cosas, lo inalterable. Ni buena ni mala en sí misma. En la antigüedad, su significado era neutro, aún no se polarizaba en conceptos antagónicos. A saber: substancia como medicina (positiva y benéfica) y substancia como droga (negativa y maligna). La farmacología, que es la ciencia que se dedica a estudiar las características de las substancias para después combinarlas, según el propósito del que se trate, heredó de la cultura griega la famosa sentencia "conócete a ti mismo" y, bajo esa consigna, durante mucho tiempo consideró necesaria la tarea de investigar qué cantidad de cada substancia resultaba beneficiosa para cada organismo particular y en que punto se volvía nefasta. Fueron posteriores valoraciones moralistas las que provocaron la ruptura del significado de ésta palabra y se comenzó a estigmatizar cierta clase de substancias, prohibiéndose además su uso e ignorando sus cualidades inherentes que, en algunos casos, son muy útiles. Dos casos muy peculiares. El primero: ¿Alguien recuerda las amapolas? La flor es muy bella, varias de las substancias derivadas de ella son curativas y las abuelitas de antes usaban sus hojas para hacer cataplasmas que aliviaban los dolores reumáticos, pero ahora está prohibido plantarlas, cultivarlas o tenerlas. El segundo: La gente se automedica con vitaminas de forma indiscriminada, termina enfermándose y las abuelitas de hoy ya no curan nada con sus remedios, incluso empeoran la situación, creyéndose doctores: como yerberas eran muy buenas, como médicos dejan mucho que desear.   

Por último, la palabra "estrés" que, de hecho, no es un término médico ni psicológico sino que proviene de la ingeniería: "Stressed out" (tensión más allá del límite) se refiere a un a un sistema de fuerzas que, aplicado a estructuras o metales, conduce a la deformación. "Fue en 1936 cuando el endocrinólogo húngaro Hans Selye introdujo el término en el terreno de las ciencias biológicas para definir una afección provocada por distintos agentes nocivos" (Revista El Faro. UNAM No. 69). Una vez más, estamos ante un concepto que no es negativo por sí mismo, puesto que, en muchas actividades de nuestro quehacer cotidiano necesitamos el estrés para afrontar retos y vencer dificultades. El problema se ocasiona cuando no hay un equilibrio entre los momentos de activación y los de reposo. Los períodos de estrés son necesarios, pero cuando la tensión es permanente, comienza la degradación, el daño o la enfermedad.

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Los mineros, explotación perpetua

Por Agustín Garfias - 11 de Junio, 2008, 11:30, Categoría: Artículos


Agustín Garfias

Preámbulo


De la extensión territorial total del país, según lo expertos, casi el 80% tiene condiciones propias para dar origen a procesos metalogenéticos. Esto quiere decir que nuestro país tiene fundamentaba la potencialidad de su desarrollo económico, en la explotación de sus recursos minerales. La historia lo ha confirmado cuando el oro y la plata primero, y el petróleo después, han sido la base de la economía nacional.

Sin embargo, la explotación de los recursos minerales, desde 1521 a la fecha, poco o nada ha beneficiado al país de una manera firme. ¿Cómo es posible que nuestro país siendo tan rico en recursos naturales (minerales), sea tan pobre en su desarrollo económico? Constituyendo esto una verdadera problemática, consideramos que todo trabajo que la pretenda investigar es, desde todos los puntos de vista, positivo.

Ismael Saucedo Ocaña (*)


La mina "Dos Estrellas", ubicada en el municipio de Tlalpujahua, municipio de Michoacán, fue a principios del siglo XX, una de las mayores productores de plata y oro; no sólo a nivel nacional sino que, durante algunos años, también a nivel internacional.

Actualmente es un Museo de Sitio que está a cargo de una asociación civil que la ha salvado del deterioro progresivo y del olvido.

No es difícil llegar al lugar donde se encuentra ubicada y, con suerte, podría tocarle al visitante gozar de un clima extraordinario: un cielo soleado mezclado con granizo; extraño pero agradable fenómeno meteorológico.

Al arribar a la entrada de la mina, parece que uno regresara en el tiempo, ya que la arquitectura de sus antiguos edificios no ha sido cambiada (aunque si restaurada, en parte). Hay picos y palas, malacates, carros de carga, cascos y muchas otras herramientas que fueron utilizadas por los trabajadores; también hay muestras de rocas y de minerales en bruto.

No sé si fue autosugestión o debido a algunos crudos relatos del guía, pero sentí escalofríos al entrar en los túneles abiertos al público. Obviamente, no hay acceso a los socavones más profundos y a ciertas áreas deterioradas de los viejos talleres de fundición, afortunadamente se conservan fotografías y testimonios escritos, que dan cuenta de la efervescente actividad de aquellos tiempos en los que se extraían de las entrañas de la tierra toneladas y más toneladas de mineral para convertirlas en lingotes.

Yo escuchaba con atención cada una de las palabras que pronunciaba nuestro guía y recuerdo varios datos, que me parecen muy dramáticos, por ejemplo:

"El promedio de vida laboral de los mineros era de veinte años y, en los socavones más profundos, de quince…"

"Las tiendas de raya prestaban con un interés del 12% semanal…"

"Las deudas de los padres, las heredaban los hijos; incluso en caso de muerte accidental…"

"El sueldo era de 50 centavos para los analfabetos (que era la mayoría) y de dos pesos para los que sabían leer y escribir (que era la minoría). Para darse una idea del poder adquisitivo de aquellos tiempos, el kilo de arroz costaba 45 centavos y un cuartillo de frijol 25 centavos…"

"En algunas épocas de mayor explotación, los capataces tenían órdenes de no dejar entrar a las esposas de los mineros para llevarles de comer porque, según los dueños, se distraían de sus labores y ya no producían igual…"

El guía narró también algunas anécdotas específicas, pero en general, todos los trabajadores de la mina tenían una historia parecida y, por eso, antes de irme, compré un libro con testimonios directos de hijos o nietos de mineros para conocer más a fondo el destino de esas personas.

Desde aquel día no le he dado grasa a mis viejas botas, porque pienso regresar: esos mineros ya no pueden ser, simplemente, "pobres gentes" para mí, pues, aunque ya hayan muerto, fueron contemporáneos de mis abuelos, los considero mis compatriotas y yacen en tierra mexicana, quizá sin un entierro decente.

Aún no termino de leer el libro que adquirí, pero estoy seguro que voy a encontrar más datos indignantes y, entre derrumbes, filtraciones de agua salitrosa, vapores venenosos, oscuridad y cansancio, voy a ser testigo indirecto e intemporal de uno de tantos actos de injusticia.

Cierro este capítulo con una reflexión personal: si yo hubiera sido minero y hubiese comenzado a trabajar a los dieciocho años, estaría viviendo mi último año de vida o, de plano, ya estaría muerto de haber sido analfabeta.

Para mi próximo cumpleaños, en vez de organizarme una fiesta, quiero retornar a esa mina o a cualquier otra -¡hay tantos casos semejantes en nuestro país!-. El sólo hecho de estar vivo ha adquirido un nuevo significado para mí, las celebraciones superfluas pueden esperar.

México, D. F. Julio del 2007.

(*) Cita tomada de Mina: Las dos estrellas. Un Enclave Extranjero en México de Ismael Saucedo Ocaña.

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