Más de siete mil libros empolvados en los largos entrepaños empolvados, una mesa con el espíritu del roble, una lamparilla de luz muy ténue, un cuaderno y una taza de cafè cargado.
En el basurero están arrugadas y rotas con ira, cientos y cientos de cuartillas.
-Es lo mismo, y mail dicho. Es basura-. Las manos del anciano tiemblan, luego busca una silla.
-Maestro, ¿le ayudo?- dice el jóven, vuelto congoja, al anciando tan querido.
-No, estoy bien.
-Está triste, y lo que está en el cesto... es el trabajo de toda su vida.
-Toda esa basura me tenía atado e inquieto. Me estoy reponiendo.
El anciano se sentó, tomó cuaderno y pluma con mano decidida. Acercó la lamparilla y sonriendo, con una luz intensamente serena en los ojos, se puso a escribir con satisfacción profunda.
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Veinte siglos después todavía se leían y estudiaban las palabras del viejo maestro. Se copiaba y traducía una vez más, para el mundo, el contenido de aquél antiguo escrito.
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